Fútbol y violencia, la metáfora argentina

20.10.2012 10:58

No resulta novedoso que se suspendan los espectáculos de fútbol por la violencia desatada en las canchas. Como tampoco debiera sorprender el negocio turbio que hay detrás de la pelota.

 

El más popular de los deportes en estas latitudes habla más de los argentinos que cualquier otra actividad. Hay razones para creer, por caso, que el hincha criollo es sui generis.

Por qué es tan violento es motivo de especulación. Los psicólogos sociales llaman la atención sobre  el estado de “desindividualización” en que se hallan estos sujetos, donde predomina el patrón de la masculinidad agresiva.

Se arropan en la masa para cometer desmanes. Allí, en la multitud, adquieren una sensación de poder invencible, lo que les permite ceder a sus impulsos, cosa que no harían si estuvieran solos.

Este estado pasional se ve favorecido por el anonimato. Cuando el individuo en la masa pierde su identidad, su capacidad racional, la agresividad se dispara y no tiene límites.

El intelectual Juan José Sebrelli define a los hinchas argentinos como una “variante de la personalidad autoritaria” típica de estas pampas, en la que no faltan el racismo y la xenofobia.

Tras aclarar que la inmensa mayoría de los adictos al fútbol lo ve por TV en el living de su casa, el autor distingue “entre el hincha pasivo, que es arrastrado, y el barrabrava, que es el que arrastra al otro”.

El fútbol, como expresión cultural de un país, refleja el talante de su gente. En este caso su acostumbramiento a la ilegalidad, refiere Sebrelli.

“Y hay dos ejemplos emblemáticos, que son trampas y muestran una aceptación a la ilegalidad: el famoso gol de la ‘mano de Dios’ de Maradona contra los ingleses, en 1986, y el triunfo del Mundial ‘78 en Argentina, con el recuerdo del partido contra Perú”, sostiene.

Por otro lado, en la Argentina futbolera resultaría una extravagancia que el poder político –que se suele meter en todo- no tuviese que ver con esa pasión popular.

Aquí lo que mueve la pelota, de hecho, es asunto de Estado. Las razones parecen obvias: el fútbol funciona como un canal del descontento social y, sobre todo, como amplificador de las pasiones nacionales.

Este deporte suele ser un insumo utilizado por el poder para explotar el nacionalismo primitivo de las masas. No otra cosa hizo la dictadura de Videla y Massera en el Mundial de 1978.

“El fútbol, paradójicamente, fue traído a Argentina por los ingleses e impuesto por la oligarquía, las dos bestias negras del nacionalismo populista”, recuerda Sebrelli.

Además, se ha instalado la tesis de que el fútbol es la única fuente de alegría entre los argentinos. Según los sociólogos, sería también la única actividad en la cual la gente construye su “identidad” en la posmodernidad.

El poder y el fútbol tienen un turbio maridaje. La política necesita del fútbol y viceversa. Por eso las recientes declaraciones de Diego Maradona respecto de que “el gobierno debería soltarle la mano a Grondona”, exime de mayores comentarios.

La alianza estratégica del gobierno K con el mandamás de la AFA, que incluye la televisación gratuita del fútbol, no escapa a nadie medianamente informado. Como tampoco la popularidad de Maradona, una especie de epítome de la “argentinidad al palo”.

No hace mucho el psicoanalista argentino Carlos Pierini trazó un perfil crudo y polémico del “Diez”, del ídolo nacional por goleada. Él encarna, escribió, “la idolatría a los líderes redentores, el culto a la viveza y (su hermano gemelo) el desprecio por la ética del trabajo, el narcisismo, la fe en las soluciones mágicas, el impulso a exculparse achacando los males a los otros”.

 

El Dia